SUBURRA: CUANDO LA COPIA QUEDA EN EVIDENCIA

La nueva apuesta de Netflix es otro fallido. Suburra es una serie con temáticas exploradas hasta el hartazgo: mafia italiana, drogas, corrupción y traiciones. Está basada en la novela homónima de Giancarlo De Cataldo y Carlo Bonini, que en 2015 llegó al cine bajo la dirección de Stefano Sollima, creador de Gomorra, (aclamada serie sobre la familia Savastano y la mafia italiana lanzada hace tres años), en la cual Netflix se inspiró, casualmente, para este proyecto con un resultado completamente opuesto al esperado.

Ambientada en el año 2008, la historia inicia con la renuncia del alcalde de Roma, quien debe permanecer en el poder durante 21 días hasta que su dimisión se haga efectiva. Durante ese período, el Vaticano debe vender los terrenos de la ciudad costera de Ostia para solucionar sus problemas económicos.

Allí entran en juego quienes buscan sacar provecho y crear, en esa ciudad, un puerto para desarrollar un negocio multimillonario con la entrada y salida de droga. Detrás de eso está Samurai (Francesco Acquaroli), el jefe de la mafia, un personaje que busca imitar, pero fracasa, a Pietro Savastano de Gomorra y que en el transcurso de la serie no logra personificar al típico mafioso italiano, que mete miedo con sólo una mirada, que todos respetan y que nadie se atreve a enfrentar. Samurai no tiene hijos ni mujer, es un hombre solitario que circula por la ciudad con un scooter y no se rodea de matones que lo cuidan.

Además, tres jóvenes ambiciosos que provienen de familias enemistadas buscan quedarse con el negocio. Spadino Anacleti (Giacomo Ferrara), hermano menor del jefe de la comunidad gitana, debe casarse contra su voluntad con una chica de la colectividad para continuar expandiendo los negocios del clan. Por otra parte, Aureliano Adami (Alessandro Borghi), rebelde, temperamental e impulsivo, hijo de una familia criminal que está enfrentada a los Anacleti por el hecho de ser gitanos. El último de ellos es Gabrielle Marchilli (Eduardo Valdarnini), hijo de un oficial de policía, un dealer sin mucho peso, y a su vez, estudiante ejemplar que está próximo a graduarse pero termina rodeandose de Spadino y Aureliano. Entre los tres logran cierta empatía en las escenas que comparten pero nada más que eso, durante el curso de la serie ninguno se destaca en sus actuaciones, que resultan forzadas y olvidables, a pesar de cargar sobre sus hombros los roles protagónicos.

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La única actuación memorable se la lleva Amedeo Cenaglia (Filippo Nigro), un político que se preocupa, escucha y lucha por los vecinos de la ciudad, pero que a medida que avanza la serie, cambia radicalmente su faceta amable para convertirse en calculador y codicioso. Deja de lado los pedidos de sus votantes y se enfoca en los beneficios personales para ascender en su carrera política.

Si bien Suburra carece de una trama novedosa, tiene algunos aciertos. Uno de ellos es que inicia cada uno de los diez capítulos con la secuencia final del episodio, sin spoilear nada crucial, y de esa manera genera intriga e incertidumbre en el espectador. Otro aspecto positivo es la utilización de la asombrosa arquitectura de Roma, así como sus paisajes, con planos cautivadores que logran captar la atención del público. El último atributo positivo es el soundtrack, un conjunto de melodías que complementan y acompañan las escenas de forma efectiva.

Suburra es una serie correcta que promete, pero se desvanece en el camino por actuaciones ordinarias, argumentos explorados previamente con mejores resultados y que recuerda durante toda su emisión, aunque sin estar a la altura, a Gomorra. Sin embargo, es el más disfrutable de los últimos fracasos de Netflix.