COSAS MÁS EXTRAÑAS LE HAN PASADO A LA TV

COSAS MÁS EXTRAÑAS LE HAN PASADO A LA TV

Hawkins es un pueblo donde no pasa absolutamente nada”. Frase conocida, repetida hasta la eternidad y que apunta sólo a un elemento: la intriga.

Durante la primer entrega de Stranger Things, una de las mayores producciones de Netflix, descubrimos que Hawkins es de todo menos tranquilo, con tramas que van de la ciencia ficción a la fantasía, pasando por teorías conspirativas tan profundas como el MK Ultra. Todos estos elementos tienen algo que los une: son lugares comunes. Esto no es una crítica en sí misma, muchas obras se apropian de los lugares comunes y construyen sentido sobre ellos, ya sea a través de la burla, de la deconstrucción, de la exaltación, de la añoranza o de su refinamiento. Es territorio conocido el hecho de que Stranger Things es una pieza artística enamorada de los años ‘80, en especial de George Lucas, Stephen King y la cultura pop. Es a través de esa pasión que los hermanos Duffer construyeron esa carta de amor rebosante de estilo.

Stranger Things es más que un homenaje a la cultura ochentosa; a simple vista puede verse a través de su guión, los vestuarios, su música especialmente, pero también en sus encuadres, sus colores, su composición de cuadros, sus escenografías… Todo es como ver una versión remasterizada de una joya oculta de 1984.

 


El gran problema del planteamiento estético de la serie es que deja poco espacio para una trama elaborada.

 

Los 8 capítulos de la primera temporada, si bien se digieren como una película extremadamente larga, a la larga cumplen, con personajes lo suficientemente profundos, actuaciones impecables, trama lenta pero constante que construye una tensión que logran un final a la altura. El problema de la segunda temporada, estrenada el 27 de octubre de este año, es que aprende todos los malos hábitos de las secuelas de los '80. Todo tiene que ser más grande, más mortífero, más desafiante, más extenso.

Y es en este planteo que Stranger Things pierde su rumbo. La segunda temporada es, a grandes rasgos, una reformulación la historia original, pero al inflar las escalas, toda la pasión y tensión quedan desperdigadas.

unnamed (2).jpg

Ha pasado casi un año de la derrota del Demogorgon, Will (Noah Schnapp) tiene episodios donde revisita El Otro Lado, por lo que su mamá Joyce (Winona Ryder) y el oficial Jim Hopper (David Harbour) lo llevan al Laboratorio de Hawkins para investigar que le está pasando. Mientras, el resto de los chicos (Finn Wolhard, Caleb McLaughlin y Gaten Matarazzo), Nancy (Natalia Dyer), Steve (Joe Keery) y Jonhatan (Charlie Heaton) son reintroducidos en el status quo, obligando a los propios personajes a preguntarse varias veces durante la serie ¿qué nos pasó luego de esa experiencia que nos cambió la vida? Mientras tanto, Eleven (Millie Bobby Brown) está desaparecida en acción y continuará no afectando a la trama durante el resto de la temporada.

Más allá de los problemas de guión, las actuaciones son, una vez más, estelares, tanto de los personajes principales (Winona Ryder y Finn Wolhard se roban cada escena en la que aparecen), como en los personajes secundarios antiguos y nuevos (Bob es y será un superhéroe).

Pero el guión tiene muchos problemas y afecta también al aspecto visual del show. Antes de avanzar hay que hacer una pequeña salvedad, y es el hecho de que hayan mandado al banco al Sr. Clarke (Randy Havens), uno de los mejores secundarios de la primer temporada y que es cortado en seco durante esta segunda.

 

La obsesión por hacer todo más grande, más pomposo, destruyó parte de la esencia de Stranger Things.

 

 

A modo de ejemplo del potencial destruído, podría traerse a colación una de las imágenes más poderosas de la serie. La primer temporada nos regaló una imagen extremadamente poderosa: Joyce sentada en su sillón con el alfabeto pintado a sus espaldas y las luces de navidad tintineando. Esta temporada tiene su revisión de esta imagen: el mapa de enredaderas cubriendo toda la casa de los Byers, el problema es que, al ganar en caos, en sensación del poder agobiante del Monstruo de las Sombras, se pierde en lo poderoso de la imagen. La casa Byers en la primer temporada era caótica, pero toda esa locura apuntaba a su centro, el alfabeto; en este caso, las raíces quieren abrazarlo todo y sólo terminan desparramandose sin tener una meta clara, una metáfora para la manera en la que ambas temporadas están contadas.

Durante prácticamente toda la segunda temporada, los personajes están desorientados, siendo egoístas y persiguiendo metas poco claras, incluso muchas veces están deambulando por la trama sin más.

Los freaks son un grupo, un equipo y durante la primera temporada lo demuestran a cada paso, hay conflicto, pero es enfrentado y se resuelve. Aquí solo los vemos seguir sus deseos sin pararse a preguntar qué piensa el otro... Seguro la adolescencia les pegó fuerte.

Incluso en el clímax de la serie, cada grupo va por su cuenta a cumplir sus objetivos. Parece que todos trabajan en grupo pero la realidad es que cada uno está pensando en lo mejor para ellos mismos.

unnamed (2).jpg

Sumado a esto, se presentan dos personajes nuevos destinados a generar conflicto, y que son tratados como herramientas para forzar ese conflicto más que personajes en sí mismos. La realidad es que no sirven siquiera para eso. No hace falta aclarar quienes son, porque arruinaría parte de la trama, pero ambos pueden ser removidos completamente, y aun así todos los personajes podrían crecer en sí mismos, sin ser acechados por esos nuevos elementos introducidos. Steve es un gran personaje en sí mismo, suficientemente complejo para abordar su crisis emocional sin que nadie tenga que hacerlo sentir menos, Lucas y Dustin pueden madurar como hombres y como amigos sin que nadie tenga que ponerse en su camino.


Quizá el peor elemento de esta temporada sea su ritmo. Al contener varias tramas en simultáneo, la tensión de cada momento se diluye en un corte y desvío para ver lo que otro personaje está haciendo. Esto es especialmente visible en el viaje de descubrimiento de Eleven, momento en que la trama entra en suspenso durante horas para mostrar su reencuentro con su madre, la búsqueda de su hermana, una chica con el don de producir efectos en CGI en la realidad y su vuelta a Hawkins. Si bien la historia es realmente interesante, los cortes lastiman tanto a la principal traba como a la subtrama, dejando un gusto a poco.

 

Párrafo aparte merece la música, un acierto y un despropósito por partes iguales. Tal vez parte del problema es la hiper proliferación de música ochentosa en todas las grandes producciones de este año y los anteriores, pero hemos escuchado algunos de los tracks que Stranger Things usa hasta el hartazgo. Eso no quita que la selección sea excelente y ayude a ambientar la atmósfera de la serie, con temas que recuerdan grandes franquicias de la época y que nos transportan a esos lugares. El otro gran problema es la fijación de por encontrar un tema que represente la serie; al final se rinde y sucumbe a “Should I Stay or Should I Go” de The Clash, usándola en un montaje que no la representa ni contiene el impacto que tuvo durante la primer temporada.

En el final, Stranger Things pierde parte de su encanto al intentar abarcar más de lo que su propio universo le permite. Hawkins es un pequeño pueblo, con pequeñas historias de pequeños niños aprendiendo a crecer. Concentrarse en eso es lo mejor que la serie puede hacer y esto se demuestra en sus mejores escenas, en la casa de los Byers con todo el grupo hablando, ya sea de sus planes, de cosas cotidianas o discutiendo sobre los demo-dogos. Durante ese lapso, Stranger Things recupera toda su fuerza, que se diluye mientras la trama avanza, que promete mucho, cumple apenas y deja la sensación de que solo van a seguir ampliando en un universo que pide a gritos que lo dejen ser.

Fundamentalista del buen comer. Es rebelde porque es gratis. Posiblemente esté polemizando sobre algo. Nació con el joystic incluído.