ESA PELÍCULA DE LA PREPARATORIA

Son predecibles, estereotipadas y obvias. Sin embargo, todavía las miramos.

 

Una idea: la linda que tiene algún complejo de superioridad basada en un trauma de la infancia proveniente de una familia posiblemente rica, la fea que tiene mucho para dar, pero como estudia y no se sabe vestir, nadie la nota, el lindo popular que en realidad no quiere ser el popular porque en realidad es sensible, la amiga de la fea que está ahí para ser el chiste, las amigas de la linda que generalmente no sirven para nada más que para ser las amigas de la linda, la preparatoria, un curso, porristas…

¿Estás viendo High School Musical? ¿Estás viendo Mean Girls? ¿Estás viendo Clueless? Estás viendo todo eso y cientos de títulos más que rondan un argumento y un pack casi pre hecho de personajes que se repiten constantemente, pero que por alguna razón se siguen perpetuando.

 

Quizá la razón sea que todos necesitamos ver ese tipo de películas.

 

Las películas que rondan la trama de la secundaria (en Estados Unidos, la high school o como su traducción indica: la preparatoria), presentan generalmente una trama muy similar, con unos personajes cuya construcción respetan parámetros y estereotipos muy marcados y ofrecen una resolución del conflicto que, pese a que la película puede llegar a romper el statu quo en algún momento, retorna a dicho estado y perpetúa los imaginarios sociales aceptados.

Glee, la serie musical americana que volvió a hacer hincapié en los marginados, la linda, el lindo, la fea y demás, es otro claro ejemplo de cómo la misma fórmula puede triunfar eternamente. Más si tiene música, lo demostraría también High School Musical.

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Pero hay algo más. Detrás de la eterna lucha entre la linda y la fea, el galán que tiene mucho más que dar que una cara bonita, que una fea que se queda con dicho galán, hay una promesa. La promesa de que, efectivamente, todo ser humano es más que la apariencia física, que no todos somos lo que parece, que todo es posible y que, en el fondo, ser como somos sin avergonzarse es la mejor decisión que se puede tomar en la vida. Y que, al final claro, las feas también ganan.

A simple vista, quizá los valores que trabajan son más perjudiciales que favorables. Pero detrás de todo eso, aunque la calidad cinematográfica de la película sea pésima, el guión predecible y los actores poco creíbles, sigo mirando esas películas. Incluso sin tener un sistema educativo que se parezca al americano (no tenemos ni lockers), hay familiaridad en ellas. Y es muy probable que muchos lo hagamos, lo demuestra la constante producción de este modelo de film.

Quizá, ese tipo de películas ofrecen un poquito de consuelo para cada uno: para el que nunca se sintió comprendido, para la que se sintió fea, para el que jamás fue popular, para el que sufrió bullying, para el que quiso ser y no fue… Hay un consuelo para todos, porque al final, incluso la fea termina en un estado de adaptación y felicidad relativamente aceptable.

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Porque eso es lo más importante en las películas de la high school: que todos, al final, podemos ser felices. Que todos encuentran su lugar, en un espacio social reducido como es la secundaria, pero que es un claro reflejo de una realidad social más amplia. La vida cotidiana se ve reflejada en ese pequeño espacio donde los miedos, traumas y problemas se condensan en un montón de personajes estereotipados que reflejan mucho de aquello que mueve a los individuos: el sentirse fex, el fracasar, la presión por ser lindx,  la presión por ser o no sentimental. Esos personajes que parecen tan burdos, tan banales y predecibles, generan empatía con el espectador porque, de cierta forma, permiten llegar y hablar de algo que pasa interiormente, al igual que lo logra el espacio donde se sucede la historia.

En el final, todos queremos lo mismo: saber que valemos, que no estamos solos y que sí, es posible.