MANANTIAL BEAT #3: POP PARA DIVERTIRSE

El anfiteatro del Xirgu recibió el último sábado una nueva edición del Manantial Beat, presentando en esta ocasión a Tani, Simón Saieg y Francisca & Les Exploradores bajo el lema “La música que inspira a una generación”.

Las primeras notas salieron de las teclas del sintetizador de Tani, seguidas de su dulce y flexible voz. Ella y su banda —Francisco Villa en guitarras, Micaela Vainikoff en los bajos y Federico Orio en la minimalista batería electrónica— se encargaron de abrir la velada con un pop lúdico, inocente y tímido; siempre con una mirada fija en el horizonte y esquivando los flashes de las cámaras. La inocencia de las letras se fundió armónicamente con los arreglos de piano.

Un aire de despreocupación, una avanzada contra el desespero cotidiano recorrió el ambiente. Las claves de sol frutos del teclado y de la voz reverberada de Tani se quemaban cual incienso a la espera de hacer surgir esa sonrisa estática clavada en el rostro de los espectadores, de esas que sólo pierden fuerza cuando uno recapacita sobre la belleza de ese momento que ya no está. El mundo del día a día ya fue servido en el plato del pop hace mucho, pero no de esta manera introspectiva donde se plantea un juego para uno en el cual el perdedor toca las teclas blancas y el ganador las negras.

simon poxyrran

Uno de los momentos más luminosos se dio cuando el juego se congeló en un solitario pasillo donde el sintetizador se volvió un piano y la voz perdió sus efectos. Una única y aciaga expresión salida de la boca de la cantante invadió el lugar. Una brisa veraniega, al estilo de los Beach Boys, tomó forma en los rasgeos de Francisco y los golpes de Federico, que descongeló y rebrotó lo lúdico del recital.

El telón se cerró y, al abrirse nuevamente, el plato fuerte de la noche entró con su clásica desprolijidad como estandarte: pantalones anchos, buzo colorido y gorro de pescador caqui. Sin más ayuda que su fiel acústica repleta de stickers centelleantes y una pedalera de mano generadora de bases sintéticas propias del trap, Simón Saieg dejó cualquier metáfora poética de lado para complementar con pocos elementos su particular voz y humor, repasando todo su repertorio solista y varias canciones de su conjunto, Perras on the Beach, en un adiós a su primer proyecto solista.  

Simón, cual polo opuesto de la timidez de Tani, se desenvolvió en el escenario entre risas y rasgueos, agregando y quitando beats a medida que cambiaba los acordes de su guitarra. Un inevitable sentimiento de fogón fundía a la gente en la psicodelia  de una combinación aún poco explorada. El único error de la noche, un compás de retraso en la programación de la pedalera, le valió para recalcar que “es muy difícil tocar solo, por eso las personas tienen banda”, así como minutos más tarde también revelaría consternado que sufría del “Síndrome de Simón Poxiran”, por el cual le agarraban “ganas de vomitar y de cagar” cada vez que toca solo, palabras que coronó con una merecida carcajada.

Más allá de los pulsos electrónicos, que en una simple y errónea ecuación consideraríamos propios de lo juvenil, lo moderno, lo que “vino para quedarse”, los momentos íntimamente acústicos fueron los que más repercutieron en la audiencia, generando desde un inesperado pogo en ‘Mejor que Ayer’ hasta un lastimero coro en ‘Capital’. Sin embargo, el punto extáticamente calmo llegaría de la mano de ‘Truco X’, donde el cantante desconectó su guitarra para bajar junto a sus fieles, que rápidamente lo rodearon, sentados en un ritual donde los pulmones inspiraron melodías y espiraron palabras cantadas.

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El cierre de la velada estuvo a cargo de Francisca & Les Exploradores con su pop contemporáneo for export, plagado de autotune, bases bailables y, extraña aunque gratamente, deslumbrantes solos de guitarra. La formación integrada por Franco Saglieti en voces y su particular atuendo de glamorosas gafas y  pollera, los hermanos Ferro, Bruno en la batería e Italo en la guitarra, Niko Garay en los sintetizadores y Kevin Borensztein en el bajo trató con mucho esfuerzo elevar los pies de los presentes en un sintético pulso danzante. Sería injusto valorar a una banda de estas características únicamente por su puesta de sonido: el trabajo de las luces siempre al control de exacerbar cualquier sentimiento, el movimiento en el escenario de Franco con toda clase de artilugios (incluida una ametralladora de juguete con luces), la indumentaria de los ‘60 en una estética sonora esquizofrénicamente ochentosa, y hasta el impecable dúo de bailarines que tomaron la escena por asalto, sin ningún arma en este caso, en las últimas canciones; conformaron una performance calculada y efectiva.

Nuevamente la historia se repite. Los momentos más álgidos fueron  aquellos en los que la aventura se volvía a un terreno familiar, donde lo electrónico se tornó acústico: una lírica y ralentizada versión de ‘Para Siempre’ junto a la cantautora salteña Felicitas, una casi improvisada interpretación de ‘Contraindicaciones del pensamiento’  junto a Jazmín Esquivel, por momentos acompañada de unas pocas cuerdas y por momentos a capella, y un descenso del escenario de todos los integrantes de la banda hacia sus huestes, como había hecho Simón, al grito de “Hoy voy a cambiar al mundo” para cerrar la velada. Un final que quedó grabado en la memoria del auditorio y que reveló la versatilidad de Francisca y todos sus exploradores, incluidos los espectadores.

Fotos por Camila Antole y Natalia Vidal