JAIME SIN TIERRA: UN BALDÍO DE SUELO FÉRTIL

El público pedía ‘Sangre’, sangre que se encontraba en cada músico arriba del escenario, fluyendo en cada golpe, punteo y rasgueo. Sangre que recorría a la audiencia, hirviendo en cada salto, grito y estrofa, en cada asalto. Sangre que es una canción que no tocaron, a pesar de la insistencia de los de abajo, pero que sirve de metáfora: sangre que salió de las venas de Jaime Sin Tierra, salpicó baldíos creativos de suelo fértil, y llegó hasta bandas exponentes de la escena como El Mató a un Policía Motorizado, Las Ligas Menores y Sr. Tomate, por decir algunas.

La banda conformada hacia fines de los '90, precursora del indie —integrada por Juan Stewart alternándose entre bajo y teclados, Sebastián Kramer en guitarra, Javier Diz en Batería y Nicolás Kramer en voz y guitarra—, se presentó el pasado miércoles ante un Teatro Vorterix lleno, que aguardó con ansias la despedida del año en su única presentación en la Capital.

La apertura estuvo a cargo de Camila Barré, engañoso nombre que describe al cuarteto de hombres encabezado por Francisco Carosi, ex-guitarrista de Jaime Sin Tierra, como cantante. El formato semi acústico, basado en dos guitarras criollas, un sintetizador y una minimalista batería, sacó a relucir lo mejor de la formación. El conjunto por momentos coqueteó con la voz y el sintetizador de Sui Generis, deslizándose entre notas psicodélicas, y por momentos se asemejaba a una versión pampeana y semiárida del grunge, logrando un sonido más autóctono escondido en suaves palabras y pesados acordes.

El espacio se iba llenando mientras el viento zonda de Camila Barre recorría los redondos recovecos del semicírculo que conformaba el teatro. Cinco minutos antes que el reloj se detuviera en el horario pautado, las luces se apagaron y se escuchó una única nota de bajo que alcanzó para que la audiencia se acercara a los parlantes en un movimiento pavloviano.

El grueso telón rojo sangre finalmente se abrió mostrando un escenario desnudo que rápidamente se vistió de indie con los protagonistas de la noche. Una entrada anti-triunfal donde a cada paso de la banda le correspondía un aplauso y una sonrisa: Jaime Sin Tierra volvió a su oriunda y negada Buenos Aires.

Un pedido de silencio general rodeó a la primera y tímida nota emitida por la guitarra de Sebastián, que en un juego de pedales y palancas se descompuso en mil micro cortes que rozaron y punzaron el aire. Los platillos de Javier comenzaron a darle forma a ese extraño brillo del más allá, pregonando la entrada del bajo de Juan  y la guitarra, aún sin voz, de Nicolás. El telón dio paso a una impenetrable pared de sonido donde la mera palabra «noise» se transformó en un sol convulsionando entre luces y gritos. Los aplausos no se hicieron esperar.


El sentimiento de haber encontrado algo único en su carácter de precursor, de estar frente a cuatro personas que lograron explotar un concepto durante casi dos décadas, más allá de las separaciones y distanciamientos, continuó durante algunos minutos más. A la conmoción de la bienvenida entre distorsiones y (des)composiciones le siguieron una seguidilla acotada de canciones de una fatigada depresión entre acordes corrientes.

Una banda que supo mirar al futuro, tomando lo mejor de un milenio pasado, pavimentando en distorsiones e interpretaciones el camino hacia la escena actual.

Todo cambió cuando comenzó a sonar la misteriosa arpa electrónica de ‘Inquieto’, generando los primeros aullidos de complacencia de la audiencia: el dueto entre Nicolás y Juan rápidamente se formó de la voz de cientos. Se originó una nueva seguidilla, solo que esta vez de sus canciones más experimentales, enterrando los tonos poperos tras golpes frenéticos de batería entre compases cíclicos y oraciones lacónicas, llegando a su máxima expresión en ‘Azafata’ (canción solicitada en múltiples ocasiones por un espectador que había llegado tarde al que Nicolás le indicó entre risas que ya la habían tocado) y ‘Tifón’. Ambas prolijas construcciones de cuerdas pendulanres que relegaron a un segundo plano las voces tras contundentes estrofas de sentimientos aciagos que aumentaban su tensión en cada compás: construcciones programadas para deformarse y autodestruirse en una marea de golpes de batería y retumbantes notas de bajo.

Y sí, el público pidió ‘Sangre’. Y no, no la tuvo. Pero tuvo mucho más. Tuvo la muestra de una banda que supo mirar al futuro, tomando lo mejor de un milenio pasado, pavimentando en distorsiones e interpretaciones el camino hacia la escena actual. La sangre corrió por un camino empedrado de adoquines rotos, hoy pavimentado gracias al sudor y lágrimas de bandas como Jaime Sin Tierra.   

 

Todas las fotos por Mel Guil