LOS SIBERIANOS: HISTORIAS DESÉRTICAS DE UNA LLANURA LEJANA

Luego de pasar por bares, plazas y, eventuales estadios de la mano de figuras como Pappo, Manal, Memphis La Blusera y La Mississippi, el blues desembarca, tal como lo hizo en el Delta del Mississippi hace casi un siglo, en los garajes de Argentina.  Una nueva ola de bandas surge desde las inmediaciones de los ríos y lagunas, sean plateadas, pantanosas o cristalinas, manteniendo una estética caracterizada por un sonido sucio aunque, esta vez, prolijo. Tal como lo hacen Los Espíritus y Las Sombras, Los Siberianos agregan su aporte a este selecto, aunque creciente, grupo de bandas a través de su particular juego de voces y punteos de cuerdas certeras.

La banda oriunda de La Pampa —compuesta por Tomás Cortina en la guitarra acústica, Joaquín González  en la guitarra eléctrica, Ramiro Achiary en la batería, Julián Pico en el bajo y todos haciendo su aporte en voces— lanzó su primer disco hacia fines de noviembre, Algo Tuyo, luego de recorrer el under con su simple y fogonero EP Cancionero (2015).

Los Siberianos nos introducen a un conjunto de microhistorias desérticas perfectamente ambientadas por un coro lastimeramente sincero.

A lo largo de su opera prima, Los Siberianos nos introducen a un conjunto de microhistorias desérticas perfectamente ambientadas por un coro lastimeramente sincero y, paradójicamente, engañoso. Las primeras impresiones pueden ser equivocadas, y el conjunto explota este desacertado hábito humano de la mejor manera. Los movimientos vocales sobre una misma trayectoria pendulante sólo dotan de palabras a esas historias trazadas realmente por la agudeza de una guitarra eléctrica reverberada y la gravedad de un bajo dinámico que está lejos de mantener notas estáticas, quedando las bases a cargo de los parches, bombos y los rasgueos de la guitarra acústica, apenas audibles aunque imprescindibles. Las letras no son más que pequeñas pistas trazadas minuciosamente para que la imaginación se fragmente en dimensiones subjetivas y oníricas.

Joaquín, a través de su guitarra eléctrica, se planta como el protagonista definitivo de los relatos, compuestos por pocas aunque suficientes frases acotadas milimétricamente, que abarcan desde el egoísmo pegadizo de ‘Algo Tuyo’ hasta los instintos asesinos exaltados en ‘Mi Vecino y Sus Extrañas Maneras’. Cumple su papel principala la perfección, exaltando las tramas subsidiarias de sus compañeros a través de su estilo sencillo, efímero y directo, recordándonos por momentos a Joey Santiago, guitarrista de Pixies y The Martini’s, aunque con un pie puesto en el blues impulsado por el bajo de Julián.  

Así se conforma el gran engaño y truco de Los Siberianos: una banda instrumental que se viste de vocal, una banda de blues que se viste de rock. Cuatro instrumentos que cumplen magníficamente su cometido y se encuentra, cada uno, con su alter ego vocal ensimismándose entre sí para agregar un toque dramático, lejano e interpretativo a las canciones. Cuatro instrumentos que juegan a ser rock, folk e incluso western —sea por la guitarra acústica que por momentos se anima a salir del telón de fondo, o la batería que marca contundentemente cada pulso—, pero a los que el melancólico bajo articulado con una guitarra que huele atemporalmente a almizcle les revela su verdadero carácter blusero.

Historias de recelos, perros y gitanos se encuentran en un disco multifacético donde se bate una lucha por el papel central aunque la guitarra tenga siempre los números ganadores, el bajo el lamento de perdedores y las voces un papel secundario llevado con tonadas al viento seco y caluroso de La Pampa profunda.