UNA REFLEXIÓN: QUIERO SER LIBRE

UNA REFLEXIÓN: QUIERO SER LIBRE

Era jueves antes de un fin de semana largo y mis papás estaban de vacaciones no me acuerdo bien dónde. No soy muy memoriosa, pero, por alguna razón, el asiento trasero del taxi que me tomé ese día con mi hermana siete años menor para llevarla a su clase de gimnasia me persigue todavía hoy.

Ella tenía 16 años y, con su mejor cara de entre preocupada y triste, vestida con su remera blanca de colegio privado católico donde jamás se dio ni se dará nunca una clase de educación sexual que no se trate sobre abstinencia, me dijo que tenía un atraso.

Fueron las veinte cuadras más largas de mi vida.

Nunca nada me hizo poner en cuestión mi medioclasismo de nena cuidada y bien enseñada como el hecho de no saber ni por dónde arrancar. ¿Tenía que comprar pasajes urgentes a Uruguay y hacerla internar? ¿Tenía alguna amiga que se haya hecho o supiera dónde y cómo podía hacerse un aborto? ¿Cómo lo iba a pagar sin decirles a mis papás dónde había gastado semejante plata o por qué? Mi hermana no pensaba quedárselo, ¿no?

Pero de última (o de primera), mi papá es médico, y algún contacto debía tener. Y la plata estaba, de ser necesaria. Y mi hermana iba a poder terminar el secundario, estudiar y hacer lo que quisiera hacer antes de, si lo decidía, hacerme tía.

Leer estas semanas testimonios de mujeres de distintas clases sociales que tuvieron o, mejor dicho, que eligieron y pudieron pagar el lujo de un aborto (¿seguro? ¿cuidado?) me hizo volver mil veces a esa tarde. Porque sigo siendo clase media y tengo la suerte de que ninguna de mis amigas pasó por esa situación y, aunque gracias a distintos espacios dentro de la universidad pública podría acercarme a alguien que supiera, todavía hoy sigo sin saber por dónde tendría que arrancar siquiera a conseguir misoprostol, y sigo sintiendo un sudor frío cada vez que una conocida me sugiere siquiera que “no le viene”. Pero no debería ser así.

No deberíamos tener que atravesar el  miedo a lo que podría pasar en una clínica de esas donde las mujeres se hacen una intervención de quince minutos y se mueren después en sus casas de infecciones innombrables. Y no tenemos por qué sentir vergüenza si un método anticonceptivo falla (por ejemplo, las pastillas anticonceptivas sólo tienen una efectividad de entre un 97%, y los preservativos masculinos, como se usan regularmente, sólo de 85%, según datos de la Organización Mundial de la Salud) y no queremos ser madres.

Debería ser un derecho poder decidir sobre nuestros cuerpos, tanto a la hora de elegir con quién “abrir las piernas”, como tanto se lee por ahí (y parece que se olvidan que hay abortos de jóvenes violadas por miembros de su propia familia, donde denunciarlo no es casi nunca una opción), como a qué hacer cuando todo falla.

Nuestros cuerpos no deberían tener que ser ultrajados hasta convertirnos en “sobrevivientes” de un abuso para poder decidir sobre ellos. La calle no debería significarnos una guerra que hay que pelear con pañuelos verdes tapándonos la cara para evitar respirar el odio machista que se respira todos los días y que cuestiona si teníamos puestos el uniforme correcto.

 

La posibilidad de decidir no debería tratarse como una “batalla”. Estamos cansadas de las metáforas.

 

Mi hermana nunca tuvo que hacerse ningún aborto, ni tomar ninguna pastilla recetada a escondidas, ni tomarse un micro, barco, ni avión a Uruguay porque, después de veinte agonizantes cuadras, de que yo me largara a llorar y de que el taxista, poco común en ellos, no dijera ni una palabra, resultó que mi hermana alumna de colegio de clase media estaba haciéndome una joda del día de los inocentes conmigo, y nunca estuvo ni cerca de estar embarazada. Pero el susto no se me pasó, porque ahora tengo miedo de que la próxima sea de verdad y que el tiempo de las batallas nos quede demasiado largo para un derecho que tendría que ser ya.

Colaboración por Florencia Preti.