UN VIAJE DE IDA Y DE ALTO VUELO

Cuando el año pasado se anunció que un grupo porteño, que se caracteriza por fusionar reggae, blues, psicodelia y ritmos latinos, iba a cristalizar su gran presente con un show jugado en el Estadio Cubierto Malvinas Argentinas, el abanico entero de medios puso el foco en ese festejado recital del 2 de diciembre. Por otro lado, aquel concierto sirvió definitivamente para instalar el estilo de Los Espíritus en el ambiente local. Tal como sucedió con Él Mató, El Kuelgue y Eruca Sativa (por nombrar algunos casos), hay instantes que marcan a las bandas, de esos en los que ya no hay punto de retorno.

El doblete en el Teatro Flores (ubicado en la esquina de Av. Rivadavia y Pergamino), fue una continuación de esta inercia impulsada y fogoneada en cada presentación. Con tres discos (el último, Agua Ardiente, de lo mejor de 2017), Los Espíritus están aprovechando las chances que se les cruzan en el camino (ya habían cultivado varios adeptos durante su show en el Lollapalooza 2016 y en sus giras por Sudamérica, sumando a las últimas fechas en México y España) y, al tener una paleta tan variada de géneros musicales a su favor, la garantía de trabajos en cantidad y calidad está asegurada.

SPE presenció el caluroso (por momentos asfixiante) viaje del sábado por la noche. Fueron casi dos horas de locura, baile y ritual combinados al compás de Maxi Prietto, su líder. Si bien el caudal de gente recién aumentó promediando la aparición de la banda soporte Los Siberianos, a las 21:30 el lugar lució literalmente lleno. Con respecto a los anteriormente mencionados, se trata de una interesante propuesta: pampeanos, bohemios y artífices de canciones que fluctúan entre el indie, el rock y la psicodelia, con una orientación marcada hacia las guitarras de Tomás Cortina y Joaquín González.

Un mar de latas de cerveza y una enorme nube ocasionada por sustancias naturales se encargaron de dejar en un estado de trance a aquellos espíritus que fueron a ver Los Espíritus. Con un inicio moderado y de posesión física y mental, ‘La Mirada’ y ‘La Crecida’ combinaron un gran juego de colores y un sincronizado ensamble de sonidos. Generalmente, sus recitales suelen ofrecer listados parecidos y no varían mucho entre sí; eso no significa que cada uno de ellos no se convierta en especial para quien lo presencia. Cada noche parece ser única e interminable, porque de algún modo cósmico no te permite desviarte del presente, del momento exacto y el lugar preciso. Después de todo, así deberíamos vivir la vida, ¿no?

‘Perdida en el Fuego’ y ‘Jesús rima con Cruz’ fueron otros puntos altos, mientras algunos jóvenes debieron ser asistidos por desmayos. El público que sigue a Los Espíritus es tan combativo como los que están arriba del escenario, y por eso pusieron el grito en cielo cuando sonó ‘Las Armas las Carga el Diablo’. El hit del verano (y a estas alturas del otoño tambien) hizo temblar los cimientos de Flores acordándose del presidente y su progenitora.

El coro de las mil ochocientas almas en ‘Vamos a la Luna’ y ‘Noches de Verano’ sirvieron como frutilla del postre que satisfizo de gran manera a una generación que encontró casi sin querer, pero queriendo, una nueva fuente de energía renovadora. Como dice la letra del track final, son la rueda que mueve al mundo: ¡festejemos que estamos vivos para poder disfrutar de instantes como estos, che!