JOHN GOODBLOOD: UNA ARTÍSTICA HUMANIDAD

John aparece en la sala a paso apresurado, con su corta estatura, una sonrisa amable y un curioso traje impoluto que hace juego con su corbata violeta. “Gracias por venir”, dice con cortesía mientras se quita el profuso cabello enrulado de la cara. Se ríe de un chiste y admira los instrumentos. Su banda ya llegó, pero como hace frío y recién arrancan, primero, un Cuba Libre.

El piso es de madera entarugado y la prolijidad de la sala de ensayo es casi inusual. Cuando se le dice que el fin de la entrevista es para poder responder, a grandes rasgos, quién es John Goodblood, murmura “uff…”. Más tarde, agrega que “no creo en esa imagen del Dios del rock. Yo soy una persona más. Somos humanos los artistas”.

“Somos humanos los artistas”

No le cuesta nada recordar sus épocas infantiles, donde el moverse de un país a otro por el trabajo de sus padres iniciaba una fuerte herencia cultural que muy pronto se transluciría en un insaciable deseo de hacer música: “Cada dos, tres años me movía de país”. Un sinfín de idiomas y de ciudades lo han ido moldeando como persona.

Un John de nueve años embebido en la vorágine neoyorquina, en plena búsqueda de identidad, fue asignado bajista en una banda por unos amigos, llegando así la música a su vida, aunque “ya tenía una facilidad musical innata”. Más tarde, su hermana le abrió una hendija en la puerta de un colectivo social que le permitió encontrar el sentido de pertenencia: “Los amigos punkies de ella que hacían shows en la casa… Eso me influenció en cierta escala. Fue la primera exposición a la música. Es que el punk forma mucha comunidad”.

A los dieciséis años volvió al país y entró en un conservatorio de música, de donde nunca se recibió ya que “chocaba un poco con mi intención creativa. Igualmente, aprendí muchísimo”. La humildad se le nota en el acto de recordarse agradecido a sus maestros, aun de esos que “me han dicho que no servía para esto”.

Su habilidad como músico, y por qué no como showman, se entrena también a través de la alteración de los juegos sociales. Si el show es el espacio preparado para una interacción músico-audiencia, no lo es la calle: entonces, John va a la calle. “Es una tradición”, asegura sin pensar cuando se indaga el porqué de tocar en la calle temas de jazz y blues reversionados. “Siento que es una tradición que llevaban adelante los grandes maestros”. Es un gran ejercicio, comenta, el lograr que alguien pare por entre tanto barullo a escuchar, aunque sea un poco. “La calle tiene un montón de obstáculos sonoros y visuales, llegarle a alguien es como una recompensa. Se ve mucha verdad”.

 “Generarle algo a la gente es lo más lindo del arte”

 
Es en este aspecto donde aparece también el sentido trascendental que busca John: “Generarle algo a la gente es lo más lindo del arte”. En medio de la charla pierde el hilo, quizá entusiasmado por el recuerdo o quizá por su locuacidad al pensar sobre cuestiones más trascendentales. “¿Se entendió algo?”, pregunta titubeante y se relaja al oír una respuesta afirmativa.

Recientemente se unió a la banda Harm & Ease como bajista, integrando su nueva formación, proyecto que declara “el más importante hoy en día”. Tras tocar en La Trastienda, iniciaron un parate ya que dos de sus miembros viajaron al exterior, lo que le dio a John el tiempo para dedicarse a remasterizar analógicamente en Estudios Panda —en donde es productor— sus proyectos personales Cabaret Blues (2017) y Bad Land$ (2018). “Está bueno mostrar lo que uno hace… Es una carta de presentación”. En ambos casos, como hacía en Electric Child, proyecto que cesó hace un año y que está en planes de ser retomando, cantaba en inglés. “Solo me doy cuenta cuando me lo dicen”, confiesa, honesto. Y poco tiene que ver con falta de patriotismo o varios preconceptos que existen al respecto: “Yo hice un tema para el único argentino con pena de muerte que existe. Yo toqué el 24 de mayo a la noche y me puse la escarapela”.

Es músico y es audiencia, quizá así también razona, lo que le permite una sinceridad a la hora nos solo de componer, sino de producir. “Está buenísima la facilidad tecnológica, pero no hay que permitir que eso nos corrompa”. Se pregunta si queremos que nos vendan cosas que han sido modificadas tecnológicamente para sonar bien, pero también defiende todos los géneros, incluso DJs. “Estoy en contra de que nos mientan”, dice retomando su lugar de audiencia entremezclada con auditor. “Estoy en contra de la mentira”.

 “Estoy en contra de la mentira”

 La existencia de la mentira significa también la existencia de una verdad, y la verdad es una búsqueda que él encarna a través de la música: “la verdad la estoy excavando. Soy una búsqueda. La música es la búsqueda de verdad”. 

Sin previo aviso, con una decisión tenaz, se pone de pie y anuncia: “Voy a tocar”. Ya pasó el momento, el músico aflora y hay tareas que hacer. Se terminó el cigarrillo y el frío ya no permite disfrutar el Cuba Libre. Si muere mañana, dice, alguien va a recordarlo porque lo vio tocar: “Cada nota que sale está en el universo para siempre”. Y como todo ser humano, mortal y finito, John no teme pensar mucho en el día en que se muera: “Hay un tema que se llama Every Grain of Sand de Bob Dylan. Sería un buen tema para morir”.

Comunicadora Social. Fotógrafa del mundo.

"No pierdas de vista el horizonte"