PEQUEÑO MANUAL ILUSTRADO DEL (ANTI) ROCK

PEQUEÑO MANUAL ILUSTRADO DEL (ANTI) ROCK

Recetas simplificadas para hacerse de un nombre en el mundo de la música debe haber varias, pero déjenme improvisar una. Primero podés ser uno o muchos, pero tenés que tener una idea. O mejor aún, buscate el esbozo de una idea que nunca termine de pulirse, que siempre tenga un lado más oscuro que otro, pero no por ello deja de brillar. Segundo, esa idea poder transmitirla sin palabras a través de la crudeza instrumental en toda su acepción (algo sin cocinar). Así pueden surgir (o no) artistas y oyentes, división difusa y descoordinada, que compartan esa idea, se sumen y a su vez la expandan. Tercero, pulila apenas y presentala en un disco estático en el tiempo que la muestre cual foto movida de huidizas notas. Cuarto, metete en la distribución, en algún desfile de managers, prensas  y odiosos redactores, bájalo con una birra y salí a tocar. Dónde sea, cuándo sea.

Desconozco si los muchachos de Fiero siguieron esta pequeña miseria del mundo ilustrado, pero lo que sí puedo decir después de ver, escuchar y participar, es que son fieles a una idea mutante: nada es sagrado. La banda nació de la cabeza canosa y revoloteada de Mariano Abelenda, portando una simple guitarra y una loopera. Esta última le permitía improvisar base sobre base, conformando una zapada de una sola persona a la que luego se agregaron Sebastián Corso en batería, Sergio Vasermanas DJ a cargo de los teclados y el bajista Juan Manuel Batista, oriundos del Oeste del concreto grisáceo bonaerense. Juntos entendieron que un recital es una gran zapada y que los discos no son más que metáforas selladas en el tiempo sobre las que interpretar nuevas improvisaciones. Así, el desfile de la distribución empezó, y en esta oportunidad terminó en un Lado B de Niceto cómodamente lleno.

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Las puertas se abrieron, las primeras pulsaciones de una excéntrica electrónica nos recibió a la espera de la primera banda de la noche: Súper 8. El conjunto en clave de power trío compuesto por Patricio Larrea en la voz y la guitarra, Pablo Villán en el bajo y Cristian Toledo en la batería, combinaba la época más popera de Las Pelotas, guiño a la voz del querido Sokol,  con bases funky un poco más agresivas y a veces directamente electrónicas haciéndonos acordar por momentos a Soda. Sin embargo, los solos Patricio nos recordaba que cumplían con todas las palabras del power trío, mientras Pablo con su bajo de cinco cuerdas llenaba los huecos con aceleradas notas que dejaba liberadas el guitarrista. Todo, con el acompasado acompañamiento de un baterista de concentradas facciones que limpiaba los parches a base de golpes.

Un hecho marcaría lo que nos esperaba. Un predecible y necesario agradecimiento de Patricio a Fiero y una respuesta desconcertante del baterista de la banda principal, expresado a vivas voces en un silogismo antiplatónico: “No somos gente. Somos Fiero”.

El último acorde marcó un silencio puntillado, roto por los golpes constantes de los amigos de la cabina que solo se callaron cuando la no-gente de Fiero se colocó sus iniciales posiciones. “Les juro que no vamos a volver al FMI”, avisaba con un tono de voz impostado el fundador Abelenda. El primero de tantos actos (su)realistas de la noche. Una línea de bajo arrolladora acompañado de la cadencia de un beat marcaba los primeros sonidos de las fieras, y los aplausos no se hicieron esperar.

Pará que hoy tengo lista”, decía sorprendido el cantante, consciente de la poca influencia que tenía cualquier papel sobre la música contextual y demencial de la banda. “Vamos a tocar hasta nos echen”, reía Abelenda pidiendo perdón a los obligados espectadores detrás de la barra. Las canciones tenían un principio certero, muchas veces marcado por las líneas de bajo en manos de Batista rememorando tanto a Divididos como al anfibio Pescado Rabioso, y un final totalmente inesperado. Los temas podían seguir en una furiosa zapada el tiempo que fuese necesario, conjugándose los increíbles scharches del DJ Vasermanas y sus efectos que iban desde percusiones hasta golpes duros y parejos que compartía disonantemente con la batería; junto a los punteos y solos del violero transfiriendo la lodosa crudeza de la banda con un blues rockero, como en los primeros discos de los Black Keys, y el etéreo stoner. Pero, por más negrita que destaque los pesos de los nombre remarcados, eso era solo una muestra de lo que podían lograr.

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Toda la huracanada instrumentalidad, donde también cantaba presente la voz de Abelenda en pequeñas estrofas rematadas por el público, revelaba la única intención preestablecida entre ellos: nada es sagrado. En ese atentado a la pureza, un reggae se aceleraba en un ska y terminaba en una infernal armonía loopeada del hard rock, de esas que supieron lucir los Queens of the Stone Age al comienzo de su trayectoria. La impronta funky presente en la mayoría de los temas se descomponía tomando la posta el bajo o la guitarra, dándole así libertad a los demás a crear. Este resorte creativo no era desaprovechado nunca, se  rompían permanentemente las estructuras que ellos mismos lograban formar, sea por cambios de ritmo, de estilo o de afinación, llegando a mover clavijas de los encordados mástiles en el medio del tema.

Sin embargo, los instrumentos de trasgresión eran mucho más que un par de cuerdas, parches y transistores: los propios cuerpos de los artistas se sumaban a esta lista. El bajista compartió la mitad del show con el público sin una nota insatisfecha, el guitarrista en un creciente solo con los pies inseguros se elevó hasta la barra donde encuerado lucía una grotesca sensualidad bailando en el caño. Los invitados subieron en una barrial convocatoria de “esta te la sabés, cabezón” y “dale, Juancito”, ocupando la batería y la guitarra respectivamente, liberando a sus usuales encargados a las manos del público para terminar acapella con un “canten hasta que nos echen”. El clamor popular no solo tenía un coro de versos, sino de consignas gritando a la pregunta por el aborto legal una rotunda e imperante afirmación que se hacía eco de las plazas.

Nadie los echaba, pero todo terminaba con un polémico y funky ‘Toma Puto’, “dedicado a mí mismo”, reía el líder. El espiral de géneros y recursos  no nos logró preparar para el momento de rave electrónico fraternal, propio de los Chemicals, encabezado por el DJ Vasermanas  donde solo la batería acotaba tímidos golpes, siendo que el guitarrista y el bajista coreaban las palabras finales con las que se retirarían sin antes cooptar el ingreso al escenario de los ampliamente satisfechos espectadores: “Súbanse todos los que puedan”.

Todas las fotos por Vicky Tarno