FONDO BLANCO FRÍO POR FUERA, CÁLIDO POR DENTRO

El álbum debut del artista Mateo Sujatovich alias “Ruso” puede considerarse un 50% tendencias melódicas y otro 50% armonías ingenuas. Pero es totalmente notorio que esto fue hecho a propósito y este lanzamiento cumple con la célebre frase del pionero Mies Van der Rohe “menos es más”.

Todo se escucha en su justa medida. No faltan ni sobran instrumentos. Las letras son fácilmente contagiosas, las estructuras son prolijas y presentan cambios tanto en la dinámica, en las métricas, tanto en lo rítmico como en el desarrollo de cada tema. Estas alteraciones son importantes, ya que permiten al oyente llegar tanto a puntos de clímax como a puntos de reposo. Por eso no es cansador de escuchar, sino que resulta placentero para el oído.

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La simpleza de la somnolienta pero desenvuelta y rasposa voz de Sujatovich, los teclados acolchonados y arpegiados, las guitarras y coros a lo Beach Boys permiten llevarte en un dulce viaje de ida sin vuelta. Igualmente, cabe aclarar que últimamente hay una tendencia entre varias bandas indie nacionales: grupos como Usted Señálemelo, Luca Bocci, Perras on the Beach, Juan Ingaramo, entre otros, no suelen destacar la voz de los cantantes, pueden sonar (como dije anteriormente) somnolientos, y tampoco se esfuerzan en demostrar sus dotes vocales ­—aunque los tuvieran—. Esto podría ser peligroso, porque podría comenzar a sonar bastante monótono. El caso de Conociendo Rusia (2018) es una excepción. A pesar de utilizar una cualidad que sigue esta línea, las vocales abrazan y acompañan a toda la instrumentación que se destaca en baladas cursis ('Loco en el Desierto', 'Cicatriz', 'La Luna'), para cortar un despreocupado rock-blues clásico ('Bruja de Barracas') y pop comprimido con baterías electrónicas y bajos destacados acompañados de guitarras abiertas ('Juro', 'Lo Qué Paso' y 'La Puerta').

El rol destacado de los pianos, sintetizadores y programaciones es muy palpable. Estos fueron totalmente indispensables en todas las canciones, ya que tres de cuatro rusos —como se autodenominan los mismos integrantes de la banda— utilizaron y aportaron este tipo de instrumentos.  

El disco hace recordar a bandas dream pop e indie como Washed Out y Two Doors Cinema Club. Además de a momentos se puede escuchar alucinaciones a lo Tame Impala, el pop crudo de Phoenix, el contagio de The 1975 y M83, el rock nacional a lo García, Spinetta y a lo Litto Nebbia con un toque de otras influencias internacionales de los ’60 y ’70 como The Beatles, Pink Floyd, The Beach Boys, David Bowie, Billy Joel, Elton John y —me atrevo a decir— una pequeña pizca de Genesis.

El rosa caracteriza a este álbum: cariño, romanticismo, inocencia, erotismo, escándalo, protección, generosidad, sentimientos verdaderos y humanos. Este color nace de una combinación de dos colores muy opuestos y contrarios: el rojo y blanco enfrentan fuerza a debilidad, actividad a pasividad, fuego frente a hielo. Finalmente, se encuentra el intermedio.

Algo que llama la atención es que, en vez de meter los temas pop entre los primeros del disco —ideales para el oyente popular—, metieron primero tres baladas y dejaron el resto para el final, algo totalmente anormal en la industria musical: En general se ofrece un producto artístico con las dos primeras canciones o hits/singles. Pero esto se explica cuando escuchamos al artista hablar acerca de su trabajo, y entendemos que no tiene un objetivo comercial sino el de contar un simple relato: “El disco atraviesa siete canciones que hablan de (des)amor y de lo inevitable, después dejarlo ir. Un golpe en la mesa con una mano y con la otra fondo blanco del mejor vodka”.