Un Big Bang de Ecos

El puente levadizo del castillo de invierno tocó el suelo. Las paredes de Korova, otrora casona señorial, se iluminaban de un tenue azul de metileno cual acuario inundado de criaturas adheridas a los ladrillos en pintorescos graffitis y de un número creciente de personas expectantes.

Mariano Di Cecare, miembro de Mi Amigo Invencible, se paseaba por sus momentáneos aposentos saludando y agradeciendo en clave de humildad previo a una nueva presentación de su proyecto paralelo El Príncipe Idiota. Todo comenzó como una idea centrada en una persona con el auxilio de Pablo Acosta en la producción de un disco saturado de reverberaciones y tonos emocionales. Sin embargo, tal como el protagonista de la obra de Saint-Exupéry, la soledad dejó paso a un colectivo con Leo Gudiño en la batería, Diego Martínez en el bajo, Juampi Di Cesare en guitarra y Fradi en teclados, quedando el Principito con la guitarra y voz principal.

Expectantes de los enigmáticos sonidos emanados de la sala, ya abierta al público, algunos vasos se apuraron, otros ingresaron: la primera función del ciclo de dos días iba a comenzar.
La reacondicionada habitación de la antigua casona retumbó con las melodías sintetizadas simples y eficaces de Pipe Quintans, partícipe de Super 1 Mundial, armonizadas con la voz y teclado de Anabella Cortolano. “Es la primera vez que hacemos esto. Ojalá les guste. Si no, no importa”, dejaba en claro la cantante de Las Ligas Menores, revelando la naturaleza de una nueva idea como un simple Ana Menor. La lógica radial de la preponderancia vocal de un conjunto perdía su lujo en una función donde la posta se pasaba entre el sintetizador y el teclado. La experimentación del primero generaba lúgubres y graves notas que quedaban en los tímpanos por segundos en bienvenidos ecos abrumadores, rápidamente demolidos ante el carácter juguetón del segundo que forzaba la mirada hacia las decorativas luces navideñas en el fondo del escenario, un horizonte tan cercano como lo fue la niñez.

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Un ciclo de notas repetidas y una mirada entre Ani y Pipe marcaba al público un final anunciado. Las  ovaciones y aplausos dejaron lugar a una ronda más de vicios antes del estelar.
Cigarros en el suelo terminados mucho antes del filtro revelaban el apuro. Algo en el ambiente marcaba el comienzo de la banda; sin embargo, desde el otro lado la falaz aristocracia del conjunto se abría paso entre la modesta multitud para llegar al escenario. Una vez allí, las primeras notas de ambas guitarras no pudieron esperar a romper la atmósfera de lo que se venía para convertirlo en un presente, un aquí y un ahora.

Ya se podía palpar qué era ese algo: la falta de ambiente en sí. El apesadumbrado aire esperaba el eco y la reverberación de las notas sostenidas del bajo, las bases de los teclados que confundieran al pulso del corazón, la batería que diera el impulso a las guitarras para coronar junto a la tímida voz de Mariano, por momentos amplificada por momentos a grito limpio, un sublime relato de cada día.

La poderosa sinergia de los instrumentos a la usanza de las primeras épocas de Sonic Youth, banda ícono del movimiento pre grunge, lograba el efecto opuesto en El Príncipe Idiota a través de un ritmo más lento y vocalizaciones apacibles. Donde en el primer conjunto la progresión y coordinación de acordes y saturaciones generaba un apretar de dientes de una enquistada rabia, el segundo aún con una batería a cargo de Gudiño que pasa del fondo al primer plano en el vivo, lograba canalizar los pequeños fracasos cotidianos en un futuro mejor. Así se pudo ver en Novedades, una introducción de recitación y punteo seguido de percusiones cadentes y a tiempo para caer junto al bajo.

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La empatía lograba su punto más álgido en el coro hawaiano invernal de ‘Campos de Fuerza’ con un público que instaba al silencio a las voces externas que amenazaban con despertarlo del trance melódico. Lo mismo sucedería en ‘Dos Semanas’, solo que el coro lo conformarían los propios espectadores antes que todo estalle en una implosión tan potente como apacible. Todo terminaría luego de una hora con ‘Dramón en la Tele’, un poderoso final a cargo de un riff que volvía sobre sus pasos tras el manto del ritmo de los bombos y tambores, así como de los teclados.

El Príncipe Idiota es prueba de una práctica cada vez más presente en la música emergente, un secreto a voces: las ideas de un artista que exceden un solo conjunto. Lo que antes se entendía como hechos cronológicos en una sucesión de formaciones deja paso a la simultaneidad de expresión junto a distintas personas.   

Todas las fotos por Natalia Vidal