DE WARNES A OBRAS: LA CONSAGRACIÓN DEL FENÓMENO KUELGUE

Estaba todo pactado desde temprano, antes del almuerzo con entrañitas de la banda, previo a subirse al colectivo 15 que los llevaría temprano a Obras, primer estadio de su carrera. El Kuelgue tenía que tocar 21:15 a más tardar, pero eran 21:30 y la mitad del campo seguía fuera tomando birra en la cuadra de fila que se había formado. Finalmente a las 22 los muchachos pudieron asomar, y los ojos como platos voladores les quedaron al ver tamaña concurrencia; una que ya sabían que acudiría, pero que jamás habían tenido delante (salvo, quizás, cuando fueron teloneros de Paul McCartney, pero esa es otra historia). 

Meses antes del toque, los músicos festejaban la fecha prometida compartiendo imágenes en sus redes de los efectos de empapelar por primera vez la ciudad entera con sus carteles. En la boletería más y más amigos del conjunto se acercaban a retirar su ticket reservado, desde los comediantes de CUALCA! y Los Bla Bla hasta músicos de Banda de Turistas y Onda Vaga, por mencionar un par. Familia Kuelgue unida.

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Julián Kartun dio el saludo inaugural y vociferó “Nosotros somos El Kuelgue”, en su acto de locutor habitual. El frontman reafirmó su versatilidad al frente del escenario desde el comienzo de ‘Por Ahora’ hasta el final con ‘Cariño Reptil’, bailando con la música; caminando sobre una cinta de gimnasio en ‘Milanesa’ y manteniendo los habituales diálogos chistosos con su compañero de voces (también tecladista) Santi Martínez ­—así como otros tantos monólogos charlando con su alter ego Caro Pardíaco, aquella rubia esnob de YouTube—. Lo mismo cuando criticó a nuestros gobernantes y manifestó con mucha claridad el apoyo del conjunto por el aborto legal, seguro y gratuito, aludiendo a todo lo verde que aparecía en Obras.

En el fondo tocaba la flauta traversa el emigrado en París Iñaki Martínez, hermano de Santi y primer baterista de la banda, desde las épocas de tocar en su casa de Warnes hasta los primeros tiempos de Ruli (2013), segundo álbum kolgado. Contrario a lo que hacen otros artistas en su primer gran toque, en este show los invitados quedaron en lo íntimo, sumándose solo en el piano Julián Scarini, muy cercano a los kuelgues, y Adrián Pellegrini (co-compositor de ‘Góndola’) en guitarra —seguimos esperando que se alineen los planetas y aparezca Adrián Dárgelos de Babasónicos a cantar ‘La Fama’—.

La ejecución del show fue muy prolija, contrastando con el alboroto que generaba la hinchada en el campo y las gradas, con gritos que iban desde “olé olé olé Kuelgue” hasta “que no se pare de bailar, que no se pare”, en honor al faltante clásico ‘Cartonero de tu Corazón’. También sonó “esta es la gente que vuelve, esta es la gente de El Kuelgue”, aludiendo al tan necesario punk ‘Tema del Verano’, que tampoco llegó para darle lugar en su reemplazo (sobre el final) al debut de ‘Soñar con Ovnis’, perteneciente al último EP Fierrín (Lado A) (2018). Hubo mucho ensayo para este evento, y un sonido extremadamente fidedigno se apoderó de Obras durante toda la velada (un saludo al sonidista Zoti). Ni hablar el espectáculo de las luces, otra gran entrega de León Greco.

Una mezcla de fans nuevos y otros más habitués tuvo su encanto particular en momentos como ‘Cristo es Marquitos Di Palma’, donde los segundos avivaron a los primeros de arrodillarse a rezar en el piso, o de armar rondas y bailar cumbia durante ‘Clonasepan’, que tuvo intro a cappella y dejó un poquito de manija por no repetir una vez más el aclamado estribillo. Eso sí, la gran victoria de la noche fue no solo ver que todos cantaban las canciones, sino que también las más nuevas encontraban miles de bocas gesticulando esas letras complicadas. Atrás quedaron los tiempos en que los integrantes de la banda festejaban como locos el primer millón de reproducciones de ‘Bossa & People’, hoy juegan en ligas que merecen otro tipo de consagraciones. Para el festejo en la despedida, el cantante anunció un nuevo ciclo en Niceto Club, que dará comienzo el primero de noviembre. El año pasado fuimos a cinco jueves de recital kuelgue, y me la juego a que este año harán lo mismo.

Para el primer estadio fueron 24 temas y casi dos horas de espectáculo (aquí el setlist), lo que hubiera estado más que bien para cualquier público si no fuera porque El Kuelgue suele demostrar este despliegue en tantos de sus eventos. Quedó sobre el final ese grito pidiendo un tema u otro, mientras los músicos se abrazaban palpablemente conmocionados y el bajista Juan Martín Mojoli pasaba filmando el video que más tarde veríamos por todas las redes reptiles. Incluso durante las lágrimas emotivas del saxofonista Pablo Vidal, a un costado del escenario, que devinieron en la gente hinchando “Pabloo, Pabloo”, algunos pensaban que faltaría un bis. Quizá sea esta la justa forma de decir que «nos vemos la próxima», quizá el toque revelación de casi tres horas que algunas bandas locales efectúan cada ciertos años de éxito llegue en forma de Luna Park el año próximo (¿sería tan extraño?, festejaron 11 años con doble Niceto, 12 con doble Vorterix y ahora 14 con un Obras) o quizá sea esto todo lo que pueda humanamente sostenerse con tanta intensidad de show. De todas formas, una cosa es segura: el fenómeno Kuelgue está en auge y no va a parar hasta que los ovnis aterricen y transformen a todos en cariñosos reptiles:

—¡Dele Tiempo, Sabandija!

—Pará DVD. Me gusta así.